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LA ARGENTINIDAD DE LAS CLOACAS



Por Jorge Luis Ubertalli

El 1 de octubre, mes emblemático si lo hay para los revolucionarios del mundo y Nuestra América, me llegó desde Colombia una noticia más que edificante: el Comandante fariano Facundo Morales Schoenfeld, “Camilo”, es argentino. Un internacionalista, digno continuador del camino que otros transitaron, y que sobrevivieron, o murieron o quedaron minusválidos en el contexto de la patriada Centroaméricana de los años 80, como el Negro Hugo, el Flaco Francisco, los Santiagos, uno de ellos muerto en Paraguay, el teniente Marcelo, y tantos otros hermanos que enarbolaron hasta las últimas consecuencias las banderas del Che.
“La solidaridad internacional es la ternura de los pueblos”, declamaba el ya fallecido Comandante de la Revolución Sandinista, Tomás Borge Martínez. Y Camilo, hoy, honra estas tradiciones, que si bien afloraron en la por él mismo nombrada Batalla de Ayacucho en un reciente reportaje, se continuaron en la lucha contra el fascismo durante la Guerra Civil Española. En las Brigadas Internacionales innumerables y casi anónimos combatientes argentinos llevaron en alto las banderas del internacionalismo proletario. Uno de ellos, Hipólito Etchebehere, cayó en combate en Atienza, Aragón, cuando intentaba tomar el castillo de esa localidad, en tanto su compañera, Mica Feldman, también combatiente, fue la única mujer que ostentó en el marco de la guerra contra el fascismo el grado de Capitán. Durante años, sin hacer alharaca, multitud de argentinos combatieron en otros países latinoamericanos, intercambiándose en su quehacer revolucionario con internacionalistas de otras latitudes. Sus actitudes, destacables y honorables, se dieron, y se dan hoy en el caso de Camilo, en el marco de las guerras justas contra el imperialismo y sus vasallos uniformados del subcontinente que, sirviendo a los intereses del capitalismo local e internacional, escarnecieron, y lo siguen haciendo, a pueblos enteros a través de dictaduras genocidas o democraduras.
Sin embargo, aunque en Colombia hay un Camilo que representa a sus compatriotas bien nacidos, también hubo, y seguramente hay, representantes de la argentinidad de las cloacas. Descontando el inicio del periplo reaccionario argentino en Colombia, representado por el coronel Juan Francisco Guevara, vinculado en la Argentina a la dictadura del general Juan Carlos Onganía (junio 1966) y a los denominados “Cooperadores Parroquiales del Cristo Rey”, adscriptos a las revistas fascistas francesas “Verbo” y “La Ciudad Católica” y a la Organización del Ejército Secreto (OAS), designado embajador allí en esos años del onganiato, otros esperpentos de las tinieblas se vincularon con la reacción y el paramilitarismo colombiano.
El 8 de agosto de 1999, pocos días antes de la circulación de mi libro “Colombia en la Mira, Breve reseña de la agresión Imperialista, Estatal y Narcoparamilitar”, el paramilitar colombiano Carlos Castaño declaraba al diario local “Clarín” que un argentino radicado en Colombia le había indicado que un uniformado retirado de nuestro país, vinculado al “carapintada” Aldo Rico, le podría conseguir armas. Castaño estuvo aquí y se reunió con mercenarios que luego se trasladarían al país del vallenato para participar en las masacres populares y/o instruir en esas artes a los uniformados de allí..Propiciador de la “solución militar” al conflicto colombiano, Castaño también dio rienda suelta ese mismo día a su patriotismo. “Bienvenida sea la intervención extranjera ante una guerrilla que no da muestras de querer la paz y un gobierno no dispuesto a querer combatirla”. Se refería, obviamente, al gobierno de Andrés Pastrana, iniciado un año antes y que llevaba a cabo diálogos con las FARC, que incluyeron la desmilitarización de 42 mil kilómetros cuadrados ubicados en los departamentos del Meta y Caquetá. Mientras Castaño retozaba en el país reclutando mercenarios, se allegaba aquí el también “halcón” colombiano, general Harold Bedoya Pizarro, adelantado del “zar antidrogas” de los EE.UU., General Barry Mc Caffrey. Bedoya Pizarro fue invitado a visitar Argentina por el almirante (R E) Ramón Troitiño, de la Infantería de marina, y por el capitán de fragata (R E) Miguel García, ambos titulares de un denominado Movimiento de Unidad Nacional (MUN), integrado por civiles y militares reaccionarios, a fin de que diera unas conferencias. Alojado en el Hotel Naval y conferenciando en el Círculo Militar, de la Fuerza Aérea y Naval, Bedoya Pizarro se declaró ferviente partidario de la “solución militar” al conflicto colombiano, propiciando de igual manera que Castaño una intervención extranjera en su país, lo que valió un comunicado de repudio a sus declaraciones del entonces embajador colombiano en Argentina, Polo Hernández. De fuentes confiables se supo que Bedoya Pizarro, quien se reunió con legisladores y empresarios, entre otros exponentes de las ‘fuerzas vivas’, solicitó aquí, al igual que Castaño, apoyo logístico, armas y expertos en “guerra sucia” para su país. El archiduro general no era un desconocido para los uniformados locales. En 1978 se allegó hasta aquí para realizar un curso de guerra antisubversiva. Tan bien aleccionado se fue, que al llegar a Colombia y coberturizado a través de un Batallón de Inteligencia (BINCI Charry Solano), conformó la Alianza Anticomunista Americana( AAA), organización parapolicial homóloga de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), conformada aquí en 1974 por fascistas vinculados al gobierno de Isabel Perón y a hampones, entre ellos narcotraficantes. Colombianos y argentinos asesinados en sus respectivos países fueron mudos testigos del accionar de estas bandas.
Los avatares de Castaño, Bedoya P. y otros no tan conocidos dieron sus frutos. El 18 de marzo del 2002, el aviador argentino Martín Roberto Allen, quien piloteaba un avión OV-10, se estrelló en la localidad colombiana de Montañitas, departamento de Caquetá, donde se ubica la base militar colombo-norteamericana de Tres Esquinas. “¿Qué hacía allí Allen y por cuenta de quien piloteaba aquel avión? .Contratado por la empresa Dyncorp, que llevaba a cabo acciones militares en Colombia por mandato del gobierno de Estados Unidos, se hallaba rociando con glifosato, un potente herbicida, 20 hectáreas de coca en la vereda de La Ceiba, cuando los aires no tan buenos en los que navegaba cedieron bajo su avión. Su solitaria incursión en Colombia por cuenta y parte de Dyncorp, empresa utilizada en los años 80 para trasladar armas desde Estados Unidos a Centroamérica y desde allí cocaína hacia Estados Unidos en el marco de la guerra sucia antisandinista, no lo era tanto, si tenemos en cuenta que ese mismo día el entonces diputado Miguel Ángel Toma, presidente de la Comisión de Defensa de la Cámara Baja, había declarado la intención de formar aquí pilotos militares colombianos de helicópteros. Sus afirmaciones concordaban en todo con declaraciones anteriores formuladas por el también otrora canciller del presidente Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf, el 29 de enero de ese año, quien le había garantizado al (entonces) Secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, el entrenamiento de militares colombianos en el país a cambio del respaldo de Washington para lograr auxilio económico ante la crisis.” .( “Las Honduras Argentinas de Colombia”, Jorge Luis Ubertalli, Agencia Prensa Latina, 6 de setiembre del 2009).
La argentinidad clara y transparente de un Camilo internacionalista, contrasta ahora con la argentinidad de las cloacas de los traficantes de la muerte, que una vez más intentan boicotear los Acuerdos de Paz, por cuanto, como dice Camilo, “ellos hacen un gran negocio de la guerra”.
Como concluiría Mario Benedetti: “Dios los ayude, o mejor, Dios los reviente”.

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