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MEMORIAS del NAZISMO ALEMAN

El comandante Amon Goeth miró a su alrededor en Plaszow. Entre los prisioneros del campo de trabajo forzado detectó un muchacho con la cabeza cubierta por un pulóver. Le disparó. El joven, que trataba de calmar un dolor de muelas con la prenda atada a su cabeza, cayó muerto. El jerarca de las Schutzstaffel alemanas (SS) gritó a los demás que siguieran trabajando y entró en su despacho.
Edgar Wildfeuer recuerda la escena porque era uno de aquellos prisioneros, testigo del crimen. Sabía que Goeth era un sanguinario que hacía ejercicios de tiro con judíos mucho antes de que Steven Spielberg lo retratara en la película La lista de Schindler . De hecho, ese sería tan sólo uno de los capítulos de barbarie de la que fue víctima.
Wildfeuer tiene 88 años. Lleva tatuado en su brazo izquierdo el número 174.189, señal de su paso por el campo de concentración de Auschwitz, uno de los mayores símbolos del Holocausto.
En su residencia de Villa Carlos Paz, alejada del ruido veraniego de la ciudad serrana, cuenta su historia de supervivencia. Aún con 60 años de residencia en Argentina, mantiene su castellano algo trabado, propio de los extranjeros. Ya relató su experiencia muchas veces. Sin embargo, ciertos pasajes todavía lo emocionan y lo obligan a tomarse un respiro frente los recuerdos del exterminio.
Hijo de un ingeniero ferroviario, Edgar nació en Polonia, y tenía 15 años cuando estalló la guerra en 1939. Los Wildfeuer pasaron los primeros meses del conflicto bajo dominio ruso. Tras la invasión nazi a la Unión Soviética, las penurias sólo aumentaron.
Primero los forzaron a llevar el brazalete con la estrella de David. Luego, los obligaron a entregar dinero. “Había que juntar plata, y si no se cumplía con lo exigido mataban a personas que tenían de rehenes. También pedían pieles, zapatos, frazadas, lo que les hiciera falta”, cuenta Edgar.
Después, comenzaron los desalojos. “Los alemanes necesitaban casas para instalarse, y nos echaron de la nuestra. El que la ocupó nos dio una semana de plazo para salir, en otros casos te sacaban en el acto, así como estabas. Fuimos al gueto, vivíamos varias familias en una sola casa. Pasamos hambre y no había remedios. Entre junio, cuando entraron los alemanes, y noviembre, casi la mitad de la población judía en Lwów murió”, recuerda.
Su padre consiguió que unos ingenieros alemanes los escondieran en una furgoneta y los llevaran a Podhuba, un paraje rural en el límite con Eslovaquia. “Era una zona excepcional, porque todavía vivían varias familias judías en esas aldeas. En otros lugares o estaban en guetos o estaban en campos de exterminio”. Consiguió trabajo en una empresa que construía caminos. El resto de los obreros eran campesinos polacos; el capataz era alemán. Como Edgar conocía el idioma se transformó en su ayudante.
Amarga suerte. El 13 de agosto de 1942, como todos los días, Edgar fue en bicicleta al puesto fronterizo a buscar el almuerzo para el capataz. Al regresar, supo que las SS habían fusilado a todos los habitantes judíos de la aldea. Se salvó por ese mandado. “Mataron a toda mi familia y me quedé solo en el mundo. No sabía qué hacer”. Apenas tenía 18 años.
Escapó al gueto de Cracovia, la antigua capital polaca. Pasó allí algunos días, hasta que lo enviaron al campo de trabajo de Rabka. Luego recaló en otro campo de trabajo, Plaszow, comandado por el sanguinario Goeth.
Su primera tarea fue romper piedras con un martillo para la construcción de caminos y carreteras. Trabajaban sin horario estricto. A veces terminaban a las siete de la tarde, otras a las 11 de la noche, otras a la madrugada siguiente. Una noche se quedó dormido con el martillo en la mano, sobre las rocas. Un ayudante de los nazis lo encontró y le gatilló varias veces, pero la bala no salió. Sus compañeros lo despertaron y le dijeron que había vuelto a nacer.
En el campo, la vida humana carecía de valor. “Nosotros éramos una mercancía que las SS alquilaban a las empresas que necesitaban mano de obra, generalmente fábricas y establecimientos militares”– dice Edgar– “Schindler fue allí a hacer guita. Con plata de los judíos compró una fábrica de joyas, la transformó en fábrica de municiones y le dio trabajo y cierta protección a la gente que le había dado el dinero”.
Camino hacia el horror. En Plaszow estuvo un año. Una noche lo llevaron hasta la estación ferroviaria y lo subieron a un tren. En el camino, algunos prisioneros que conocían la zona advirtieron que iban rumbo a Auschwitz que, para esa fecha, diciembre de 1943, ya tenía una fama siniestra. “El perímetro tenía doble alambrado electrificado. Todos los días se encontraba gente tirada allí. No aguantaban la vida del campo”. Al llegar le tatuaron el número 174.189. Se decía que la única forma de salir de allí era cremado.
Con la experiencia acumulada, Wildfeuer sabía que un oficio brindaba mayores chances de sobrevivir. Se registró como carpintero. Le tomaron una prueba, y apenas agarró un cepillo se dieron cuenta de que no sabía nada. Terminó limpiando un galpón.
Como los trabajadores morían de a miles, no tardó en aparecer la oportunidad de mostrar su aptitud en el uso de sierras circulares, y casi sin querer se convirtió en obrero especializado.
Algunas fábricas se habían trasladado directamente al campo de concentración. Gracias a su manejo de herramientas, Wildfeuer evitaba el maltrato. Al aire libre podía recibir una paliza simplemente por el malhumor del guardia de turno. En cambio, casi nunca había golpizas a los prisioneros encargados de las máquinas. Si algún obrero calificado era herido, las empresas se quejaban por la suerte de su trabajador. Las protestas no apuntaban al costado humano, sino a la capacidad de trabajo desperdiciada.
Auschwitz era distinto a todo. Edgar vio llegar y morir judíos húngaros y holandeses. “Había jornadas en las que mataban 10 mil personas diarias. Como los crematorios no alcanzaban, se hacías fosas donde quemaban a la gente, y el olor a carne quemada lo sentíamos a varios kilómetros de distancia”, recuerda. La combinación de frío, mala alimentación y castigos corporales provocaba muertes a cada instante. “Los nazis tenían un alto nivel de saña y de desprecio por la vida ajena. Trataban a la gente como si fueran insectos”, resume.
Libertad demorada. En enero de 1945, en pleno y crudo invierno, los rusos iniciaron su ofensiva. Las bombas se escuchaban a la distancia. Los alemanes decidieron evacuar Auschwitz y demolieron las cámaras de gas y los crematorios. Toda la operación resultó bastante caótica. La disciplina alemana se había relajado. “Seríamos como 100 mil prisioneros, y no era fácil evacuarnos de un día para otro. No nos escondimos por temor a que nos buscaran con los perros”. Los que sí lo hicieron fueron rescatados algunos días más tarde. Para Wildfeuer quedaban varias pruebas de resistencia rumbo a la libertad. Entre ellas, las célebres marchas de la muerte.
Justo antes de partir, en un ropero revuelto, consiguió una frazada y dos zapatos de hormas distintas. Otra vez la suerte le salvaba la vida. En enero, la temperatura rondaba los 20 grados bajo cero. Los que no tenían ropa adecuada o usaban zuecos –base de madera con una lona arriba– eran vencidos por el frío. “La madera se congelaba y muchos ya no podían caminar. Las SS les disparaban en la cabeza y dejaban el tendal de muertos en la carretera”.
Durante cuatro días y sus noches avanzaron entre la nieve hasta llegar a un tren abierto, destinado al carbón. En cada vagón los alemanes colocaron hasta 120 prisioneros que no se podían mover. “La gente se congelaba y los sacábamos fuera de borda para poder sentarnos y protegernos del viento helado”.
Llegaron a Mauthausen, en Austria. Otra vez los desnudaron. En el nuevo reparto de ropas sólo consiguió un calzoncillo largo y una camisa. Pese a los golpes recibidos no abandonó la barraca para no terminar congelado. Las matanzas cotidianas continuaban.
Los alemanes estaban acorralados por los aliados, pero seguían con los traslados. Primero a Meltz, luego a Ebensee, donde creyó que no sobreviviría. “Nos daban un octavo de pan, tan duro que se desarmaba y parecía aserrín, más un litro de agua con cáscaras de papa como única ración”. Los soldados norteamericanos los rescataron el 6 de mayo de 1945. Ese día Edgar cumplía 21 años. Sólo pesaba 45 kilos.
Tras ese periplo de horror, sin familia con la que reunirse, Wildfeuer no quiso regresar a Polonia. En calidad de refugiado, se trasladó a Santa María di Leuca, una pequeña localidad italiana. Allí se enamoró de Sonia Schulman, también polaca. Ella, sus padres y un hermano habían sobrevivido en distintos campos de concentración.
Cuando Sonia se radicó en Córdoba –invitada por sus tíos que ya habían emigrado– siguieron en contacto por carta. Mientras tanto, Edgar participaba de las manifestaciones en las que reclamaban la conformación del Estado de Israel, que recién se establecería en 1948. Invitado por la familia de Sonia (no podían viajar libremente), vino en noviembre de 1949 y se casaron tres años más tarde.
Junto a su esposa, en el living de su casa, Wildfeuer dice que ya no tiene pesadillas con los campos de concentración. Destaca su suerte y sus ganas de vivir como factores fundamentales para poder relatar lo que vivió y sufrió. Señala su tatuaje y cuenta que siente la obligación moral de recordar a su familia muerta y a sus compañeros de infortunio. Es su compromiso para mantener viva la memoria.


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