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LA IGLESIA QUE QUEREMOS..


En estos días de expectativas sobre la elección del nuevo papa, se ha vuelto a hablar con cierto énfasis de las condiciones que deberán cumplirse si la Iglesia quiere proyectarse hacia el futuro generando credibilidad y esperanza en el mundo de hoy. En principio, hay que reiterar el aspecto fundante de la realidad cristiana: la fe viva en Jesús de Nazaret. Para los primeros cristianos, la fe en Jesús significó seguimiento, es decir, identificación voluntaria con su causa y su modo de vivir. Jesús los llamó a compartir su pasión por Dios y su disponibilidad total al servicio de su reino. Discípulos y discípulas dieron una respuesta aprendiendo el arte del amor por la vida, la compasión por los que sufren y la pasión por la liberación de todo mal. Esta es la primera condición: esforzarnos por poner el relato de Jesús en el corazón de los creyentes y en el centro de todo el magisterio de la Iglesia.
Esto, que parece obvio, no hay que darlo por descontando en el comportamiento institucional de la Iglesia. Ya el conocido teólogo suizo Hans Küng ha expuesto cuatro condiciones que deberán cumplirse si la Iglesia ha de tener futuro en el actual milenio. En primer lugar, no debe volver la vista atrás y enamorarse de la Edad Media, ni de la época de la Reforma, ni de la Ilustración, sino ser una Iglesia enraizada en su origen cristiano. En segundo lugar, no debe ser patriarcal, anclada en imágenes estereotipadas de las mujeres, sino una Iglesia de participación que combine el ministerio con el carisma y acepte a las mujeres en todo nivel. En tercer lugar, no debe ser confesionalmente estrecha y ceder a la exclusividad confesional, sino ser una Iglesia ecuménicamente abierta. Y, en cuarto lugar, no debe ser eurocentrista, ni favorecer en modo exclusivista las demandas cristianas, ni mostrar un imperialismo romano, sino ser una Iglesia universal y tolerante, con capacidad para aprender de otras religiones y garantizar la autonomía adecuada para las iglesias nacionales, regionales y locales.
Küng también sostiene que una Iglesia católica renovada de acuerdo con el Evangelio de Jesús debería apoyar prioritariamente, entre otras, las siguientes causas: un orden social mundial justo e incluyente (en el que los seres humanos gocen de iguales derechos y convivan en solidaridad mutua); un orden mundial plural (que posibilite la reconciliación entre la diversidad de culturas y tradiciones); una comunidad renovada de hombres y mujeres en la Iglesia y en la sociedad (en la cual las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres); un orden mundial que avance en la consecución de la paz (en el cual se incentive la solución pacífica de los conflictos); y un nuevo orden mundial que sea respetuoso con la naturaleza.
Desde la perspectiva de la teología latinoamericana, la Iglesia que tiene futuro es la que asuma los retos de la historia (que cargue con la contundencia de lo real); que opte por los pobres (porque los conoce, los ama y no evade la realidad de las víctimas de este mundo); que se comprenda como pueblo de Dios (que propicie la participación de laicos y laicas en su vida y misión); una Iglesia del “buen samaritano” (que sea movida a misericordia por el sufrimiento del otro); una Iglesia del “buen pastor” (que sepa dar la vida, acompañar, comprender y animar); una Iglesia, en fin, que promueva lo humano desde al amor y la justicia.
Ahora bien, este modo de ser iglesia requiere un perfil de liderazgo. Liderazgo que tiene que ver más con el servicio que con el poder. Jesús fue muy claro en este sentido al afirmar que “los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen. Entre ustedes, nada de eso; el que quiera llegar a ser grande, que se haga servidor de los demás; y quien quiera ser el primero, que se haga sirviente de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por muchos” (Mc 10, 42-45). El mensaje es contundente: los gobernantes y los poderosos utilizan el poder para abusar y oprimir al pueblo; por el contrario, Jesús instituye el servicio como requisito fundamental de un liderazgo de nuevo tipo. En su movimiento, todos deben ser servidores, especialmente de los pobres, enfermos y excluidos.
Sin embargo, el ejercicio del poder en la Iglesia no siempre se ha caracterizado por este modo de ser de Jesús. Con frecuencia, se ha expresado en términos de dominación, centralización, marginación, triunfalismo y subyugación. A eso suenan, por ejemplo, las palabras de Juan Pablo II al descartar “para siempre” la posibilidad de que mujeres puedan recibir la orden sacerdotal. O la acusación que hizo el cardenal Ratzinger a la teología de la liberación en 1984, sobre supuestas graves desviaciones debidas al marxismo, aunque sin hacer justicia ni al marxismo ni a la teología de la liberación.
No obstante, en los documentos de Medellín surge una nueva voluntad, más cercana al espíritu de Jesús, cuando se afirma lo siguiente: “Queremos que nuestra Iglesia latinoamericana esté libre de ataduras temporales, de connivencias y de prestigio ambiguo; que ‘libre de espíritu respecto a los vínculos de la riqueza’, sea más transparente y fuerte su misión de servicio; que esté presente en la vida y las tareas temporales, reflejando la luz de Cristo, presente en la construcción del mundo”.
¿Qué perfil de papa, pues, requiere una Iglesia renovada en el espíritu de la buena noticia de Jesús? Pedro, líder de la primera comunidad de Jerusalén, dejó una huella que sigue siendo referente en este sentido. A los ancianos, responsables y pastores de la comunidad, los exhorta a poner en práctica ciertas características de su propio modo de liderazgo: “Apacienten el rebaño de Dios cada cual en su lugar; cuídenlo no de mala gana, sino con gusto, a la manera de Dios; no piensen en ganancias, sino háganlo con entrega generosa; no actúen como si pudieran disponer de los que están a su cargo, sino más bien traten de ser un modelo para su rebaño. Así cuando aparezca el Pastor supremo, recibirán en la Gloria una corona que no se marchita” (1 Pe, 5, 2-4).
De ese legado de Pedro, el teólogo Leonardo Boff, en palabras actuales, apunta los siguientes rasgos que debería tener el nuevo papa: debe ser un pastor cercano a los fieles y a todos los seres humanos sin exclusión; deberá tener como lema las palabras de Jesús: “Si alguno viene a mí, yo no le echaré fuera”; deberá ser un hombre profundamente espiritual y abierto a todos los caminos religiosos para mantener viva la presencia misteriosa de Dios; debe ser un hombre de profunda bondad, con ternura por los humildes y con firmeza profética para denunciar a los que explotan y dominan a sus hermanos. Y desde una vía negativa, Boff señala que no debe ser un hombre de poder ni institucional, porque donde hay poder no existe el amor y la misericordia desaparece; no debe ser un hombre de Occidente, sino del vasto mundo globalizado, que sienta pasión por los pobres y escuche el grito de sufrimiento de la tierra; finalmente, no debe ser un hombre de certezas, sino alguien que anime a todos a buscar los mejores caminos de humanización. Podemos decir, pues, que una Iglesia renovada en el espíritu de Jesús y con un liderazgo de servicio sí tiene futuro.
Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA

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