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Buitrismo histórico Por Jorge Luis Ubertalli




Buitrismo histórico
                                   Por Jorge Luis Ubertalli
 
En el capítulo 3 de El Capital, Tomo I, escrito en 1867, y al referirse al dinero como medio de pago, Karl Marx ponía al desnudo como la necesidad obliga al deudor a ponerse a merced del acreedor. Cuando el dinero actuaba como medio de circulación de las mercancías, sólo era un reflejo del valor de las mismas, medido en relación con la cantidad del tiempo de trabajo humano necesario (medio) para producirlas. El dinero, entonces, permitía la circulación mercantil y sólo eso. Pero cuando el dinero comenzaba a actuar como medio de pago, las cosas se trastocaban.  En la ecuación M-D-M, en la que el Dinero, término medio, se podría transfigurar como D-D, éste solo era un intermediario que podía desaparecer de la escena si se intercambiaban mercancías del mismo valor ( tiempo social de trabajo necesario para su producción) entre sí. En la siguiente ecuación, que formaba parte de la serie circulatoria de mercancías,  D-M-D’, Marx demostraba la intención del comprador de una mercancía con Dinero, la cual vendería más cara, para obtener una supuesta ganancia (transcripta como  por Marx para el tenedor de Dinero), que no era sino una ilusión, por cuanto cuando ese mismo vendedor fuera a adquirir una mercancía en el mercado,  ya en ésta,  en una sociedad de productores-tenedores de mercancías y en el marco de la circulación de las mismas, se habría cargado el plus(‘) que éste había obtenido anteriormente por la venta de la suya. En otras palabras: el comprador que le había pagado un precio mayor cuando compró su mercancía, al vender la suya, le habría cargado la parte que pagó de más(‘), y así sucesivamente. Empero la ecuación se transformaba cuando el dinero actuaba como medio de pago: si A llevaba al mercado su mercancía para vendérsela a B, cuya mercancía, que  tenía el mismo valor que la de A, no estaba lista para ser intercambiada por la de A, que le era necesaria, A, teniendo las de ganar debido a la necesidad de B por adquirir su mercancía, le ponía a esta un precio, y le concedía un crédito a B. B entonces debía pagar un precio, que era puesto por A, por la mercancía que necesitaba de A, y que A determinaba a su antojo. El dinero que B pagaba, entonces, no se correspondía con el valor equivalente a la mercancía entregada por A, sino que este era arbitrario, y se alejaba del valor para convertirse en eso, expresión monetaria del valor de una mercancía que, por la ley del mercado, oferta y demanda, se alejaba de aquel. Con la aparición del crédito y el consiguiente precio alejado del valor, mayor que el que le correspondería como expresión monetaria real del valor de la mercancía entregada, comenzaba el ciclo ( o aparecía ante los ojos del estudioso) del aprovechamiento de la necesidad ajena para obtener una ganancia. Esta ecuación, esbozada así por Marx: M-Mª-D, y que significaba que en el intercambio de mercancías, el dinero aparecía en la ecuación luego de que la mercancía, Mª, de B, fuera vendida y, obtenido el dinero se lo pagara a A, expresaría luego toda relación de aprovechamiento de la necesidad del otro y la consiguiente explotación existente entre supuestos poseedores “iguales” de mercancías. Así, en la relación laboral, la explotación del trabajador por el capitalista se dio siempre teniendo en cuenta el uno, dueño del capital, de la necesidad del otro, el trabajador, para obtener su/s mercancía/s, que les permitieran sobrevivir. Aunque la ecuación se suponía al revés, ya que el trabajador, hasta nuestros días, le concede un crédito al patrón porque cobra después de trabajar, es deudor a su vez de otros capitalistas que le venden a crédito, y por lo tanto al precio que ellos determinan debido a la necesidad del trabajador y su familia de alimentarse y sobrevivir. Este precio no refleja el valor real de las mercancías vendidas, es arbitrario. La necesidad, entonces, es la madre de la explotación de unos por otros y el sine qua non del capitalismo. Tanto los poseedores de capitales industriales, como financieros, que son la expresión más parásita, decadente y a la vez mas rapiñera y vampirista del capitalismo, lucran con la necesidad ajena.
La actitud de los “fondos buitres” con el Estado argentino o cualquier otro no es sino un aggiornamiento más complejo, aunque más visible, de esta evolución/decadencia del capitalismo. “Mientras haya una necesidad hay un derecho”, decía Evita. Y claro, el derecho, como expresión de la “justicia”, no es más ni menos que una manifestación en la superestructura de cómo los hombres se relacionan entre sí de acuerdo a la forma de producir y distribuirse los bienes materiales producidos. En el capitalismo, signado por la necesidad versus aprovechamiento de ella, existe un “derecho” que intenta regular no antagónicamente la injusticia del sistema. La cuestión es que, culminada la necesidad, satisfechas todas las necesidades, el derecho caduca, no hace falta. Y para que la/s necesidad/es no exista/n, se debe dar al traste con el sistema que no solo las “satisface”, sino que las crea, para poder hacer posible la reproducción ampliada del capital, y por lo tanto la existencia misma del sistema capitalista. Así como se decía durante el peronismo que “la oligarquía creaba a los pobres para después ejercer sobre ellos la beneficencia”, el sistema capitalista crea, a través de sus exponentes oligárquicos económico-financieros, las necesidades del consumo superfluo – estimulando el consumismo- para luego “satisfacerlas”. Y a través del plusvalor (vinculado a la producción mercantil) y la ganancia (vinculada a la circulación de mercancías y la consiguiente realización de la plusvalía) el sistema y los sectores dominantes siguen reproduciéndose
constantemente. Son lobos con piel de oveja que esquilman y depredan acariciando a las masas con sueños materializados en mercancías.
El capital financiero, del que tanto se habla, no es producto de ninguna malévola mente ni de prestidigitadores desviados del capital  “industrial”, “productivo” o “serio”.  Es solo su consecuencia, su evolución hacia la vorágine del fetichismo, el egoísmo y el sinsentido. Pero jode, como los fondos buitres de Singer nos joden a nosotros. Singer es un crudo exponente, sin cortapìsas ni coartadas perfumadas, de la avidez del capitalismo por aprovecharse del otro, cuando está jodido, para esquilmarlo, en ese o en un momento más oportuno, cuando se halle en mejores condiciones para ser esquilmado. Compra su mercancía devaluada, y luego acrece, en el momento que el deudor ha sentado cabeza, con todo furor para arrancarle lo que pueda. La necesidad de ejercer poder en todas sus formas- porque también los poderosos para ser lo que son  necesitan explotar - ha provocado el endeudamiento del país, a costa de asesinos uniformados o no y timberos de alta monta que perfumaron con sus hedores las salas vips de los casinos financieros internacionales. Singer es a Cavallo, Cavallo a Rocca, Rocca a Rockefeller, Rockefeller a Goldman Sachs, Goldman Sachs a Ford Motor Co, y así sucesivamente, como el color marrón a la materia. Y no hay tu tia.
Bajando a la tierra o, en otras palabras, dejando a un lado la teoría y yendo a los bifes, la deuda ilegítima que reclaman los fondos buitres fué históricamente impuesta a sangre y fuego al pueblo argentino por las oligarquías locales y sus esbirros armados. Y en un capitalismo que siempre fue salvaje, el accionar de los buitres aparece más salvaje que nunca. Porque ante la crisis, y el miedo a la muerte y la decadencia del sistema capital imperialista, sus beneficiarios egoístas se vuelven mas arteros, miserables y patéticos, pero también más peligrosos que nunca. Sin duda alguna, el capitalismo es el egoísmo elevado a la categoría de virtud, como lo expresaba hace bastantes años el viejo Marx, mas vigente que nunca. Si me obligan a pagar una deuda que otro me hizo contraer poniéndome una daga en el cuello, mi obligación moral, mi actitud digna es no pagarla. Pero si mi supuesto acreedor es mas fuerte que yo y está apañado por un ejército de leguleyos, econonomistas, publicistas, alcahuetes de aquí y de allá y, como decía el poeta, al que le agrego una parte: “ítem más, desde luego, armas nucleares, biológicas, neutrónicas, etc .y tropas de infantería de marina/ porque a veces es útil hacer fuego”, debo buscar aliados y amigos para hacerle frente, acumular fuerza y buscar el momento apropiado, cuando la correlación de fuerzas me sea favorable, para alejarlo para siempre de mi vida.
Allá está el BRICS, conformado por, entre otros países, Brasil, Rusia y China, con moneda propia, intercambios iguales, miles de millones de fondos para inversiones productivas; acá está el ALBA, moneda única, intercambios en igualdad, banco propio, camino al socialismo que está tan muerto como un niño que acaba de nacer, pero con toda la experiencia del mundo, maravilla de la genética; acá está la UNASUR, intercambios políticos y económicos, doctrina propia de defensa, miras de un banco propio, etc. Están los amigos que, aunque innombrables para los agendadores de idioteces, los operadores de acción sicológica, los provocadores y demás garabatos subhumanos, están pensando en nosotros como nosotros en ellos.
Si los buitres quieren carroñar, las gomeras populares unitarias, hechas a voluntad, inteligencia y puro huevo, deben aparecer en nuestras manos de hacer imposibles. Y no hay pajarraco bípedo que se resista a las multitudes y los que las guían, si saben hacerlo con honradez y honorabilidad.
Si alguien ha contraído deudas, yo, mi vecino y el de la otra cuadra no fuimos. Que las paguen ellos. Sin echar culpas a los que desde sus funciones estatales, de primera mandataria para abajo, hacen lo posible para paliar el desbarajuste que se vendría si míster Singer y sus compinches logran sus propósitos, ayudémonos con la ayuda de los pares en sueños y objetivos, salgamos de los círculos viciosos efemeistas, bancomundialistas, clubes de ricachones, grupos de bandidos perfumados y entremos a la cancha de nuestros hermanos y amigos. Los que nos pueden ayudar a combatir el buitrismo histórico y a producir la riqueza necesaria para que, una vez distribuida entre todos los que la producen, no apropiada por particular ni parásito alguno, como decía el viejo Marx, abandonemos “el reino de la necesidad para ingresar al reino de la libertad”.
 

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