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ETERNOS AMIGOS






































(Entre los siglos XVI, XVII y XVIII, alrededor de treinta millones de africanos fueron arrancados por la fuerza de sus lugares y traídos a nuestro continente para esclavizarlos. Una gran cantidad ingresaron por el puerto de Buenos Aires. Esta impresionante masa humana fue a parar a plantaciones, ingenios, socavones, haciendas, suplantando la mano de obra india aniquilada por la súper explotación. Algunos tuvieron más suerte y se convirtieron en esclavos de las familias porteñas adineradas).
Se hicieron amigos cuando los ingleses se atrevieron por segunda vez con Buenos Aires.
Allí se encontraron en la misma calle mientras juntaban cascotes para tirárselos a los de cabeza amarilla. Se lo habían ordenado sus respectivos amos y ellos cumplían sin entender mucho de qué se trataba ya que apenas tenían diez años de respirar estos malos aires. De padres esclavos, nacieron esclavos y fueron esclavos hasta que se convirtieron en libertos al incorporarse por la fuerza al batallón de “Pardos y Morenos”.
Con Castelli llevaron la revolución al Alto Perú y en cada pueblo recibieron flores y aplausos. Fue así hasta la batalla de Huaqui, de donde huyeron despavoridos bajo el fuego realista y emprendieron el humillante regreso, insultados y escupidos por los mismos que antes les habían aplaudido y arrojado flores a su paso.
Ambos se acercaron al cielo para cruzar las moles de piedra y formar parte del Octavo Regimiento de Infantería del Ejército de los Andes. Los bautizó Chacabuco con olor a sangre y sabor a gloria. Paladearon el gusto amargo de la derrota en Cancha Rayada y en Maipú se convirtieron en héroes pero acariciaron con sus lágrimas los cadáveres de sus hermanos negros.
En el mismo bergantín montaron sobre el Pacifico rumbo al Callao y echaron a los godos para que el Perú fuera libre, de la mano de su protector, el General Don José de San Martín. Volvieron juntos a Buenos Aires para participar, sin querer, en todas las escaramuzas bélicas de la época. Ahora no combatían contra ingleses o godos, sino contra hermanos de esta tierra.
Su amistad fue forjada a puro machete; entre disparos de fusiles y cañonazos, pero tuvieron tiempo para compartir tabaco, chicha y las nalgas de alguna negra carnosa. Fue forjada, también, con los dientes apretados al recibir el mismo día los primeros azotes de sus amos por escaparse en una noche de borrachera, desarmar sus cuerpos al compás de los parches y regresar llenos de piojos una semana después.
Su amistad creció entre batalla y tambores.
Yo los conocí en esa esquina cerca de la Plaza Mayor. Mientras vendían velas inventaban el ritmo con algún palo o con sus palmas, para desparramar sus brazos y piernas en el aire, mientras que la gente “decente” que transitaba por esa esquina los miraba con cara de espanto.
¡Pasaron tantos años! Nunca más los vi hasta hoy, acá en Caseros. Me costó reconocerlos porque los años habían hecho su trabajo. Eso sacudió mi alma, pero más me golpeó verlos en bandos diferentes: Francisco Navarro entre las fuerzas de Rosas y Ramón Soto entre las huestes de Urquiza. Los vi frente a frente y la sangre se me apelotonó de golpe en el pecho. Se me paralizaron los brazos y mi fusil dejó de escupir fuego y plomo. Fue un segundo en el que se miraron. Un instante en que la batalla se detuvo para mostrarnos a esos amigos inseparables frente a frente, con sus machetes amenazantes en alto. Yo no escuchaba nada; solo sentía los latidos de mi corazón que repiqueteaban como un redoblante que anunciaba 10 el terrible desenlace. Vi como bajaban milímetro a milímetro los machetes acercándose a sus cabezas y sin poder resistir esa imagen cerré los ojos... Apenas fue un pestañeo. Mis párpados se volvieron a levantar y vi como los machetes volaban hacia el suelo mientras que Francisco y Ramón revoleaban sus brazos y piernas por el aire y danzaban al ritmo de los tambores que ellos solos podían escuchar.
Rugieron los fusiles y el humo cubrió el campo de batalla.

Hace unas horas, mientras recogía a los muertos, los encontré. Francisco tenía una flor escarlata en el pecho y Ramón un ombligo rojo en la frente. Allí estaban sus cuerpos... Digo bien, sus cuerpos; porque ellos partieron hacia otro lado: cruzaron el océano para llegar a una aldea de África y regresar a su pueblo. Desde allí llega a mi pecho el golpe de los tambores y puedo verlos revolear brazos y piernas al aire... gozando de su eterna amistad.

Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)Imagen: Caro Butron Avalos

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