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Martí y nuestro tiempo



 Ajeno a sus enseñanzas, una variante del marxismo de estas latitudes se precipitó en la ciénaga de un estéril dogmatismo, incapaz de comprender el crucial problema de la dominación imperialista para, a partir de su adecuada intelección, desarrollar una estrategia política adecuada para combatirlo. No sólo eso: sin el auxilio de Bolívar, Martí y Fidel ese marxismo “doctrinarista y pedante” -como Gramsci calificaba a una distorsión semejante en los años de la primera posguerra en Europa- se degradó hasta convertirse en un tosco determinismo economicista huérfano de cualquier proyecto ético o, más recientemente, en una metafísica de la lucha de clases: sin historia, sin estructuras, sin sujetos, puro reino del discurso, la contingencia y el azar desenvolviéndose en un vacío internacional en donde el colonialismo y el imperialismo brillaban por su ausencia. Producto de esas alucinaciones Fidel, Chávez, Evo, Correa asoman en esos relatos como los villanos que frustran las ansias revolucionarias de las masas y que, con sus vacilaciones y remilgos pequeño burgueses, impiden el ascenso –siempre lineal e ininterrumpido, según esta peculiar visión- de nuestras sociedades desde el infierno del capitalismo hacia los cielos diáfanos del socialismo.

Llegó a su término la IIª Conferencia Internacional “Con todos y para el bien de todos” organizada en La Habana por la Oficina del Programa Martiano. Este aforismo ha sido a menudo mal  interpretado, como si Martí fuese tributario de una concepción negacionista de las clases sociales y su conflicto. En realidad era un fino observador y analista de las sociedades de su tiempo, y sus fragmentaciones y asimetrías no pasaron desapercibidas a su aguda mirada.

Conocía como muy pocos pensadores independentistas la sociedad norteamericana, estaba familiarizado con España, donde pasó unos años, y conocía Cuba como la palma de su mano. También estuvo en varios países del Caribe, Centroamérica y México y su conocimiento de la región era, para las limitaciones de su época, realmente impresionante. Con aquella consigna –“Con todos y para el bien de todos”- Martí quería señalar la necesidad de dar cuenta de la complejidad de la formación nacional cubana, integrada por españoles, criollos, afrocubanos y gentes de otras etnias nativas, y que la república independiente por la cual él luchaba y por la cual ofrendó su vida tenía que incluir a todas esas comunidades –no por igual a los campesinos y los terratenientes, va de suyo- teniendo a la vista el bien común. En suma, proponía para la Cuba de su tiempo lo  que en el lenguaje actual denominaríamos un “estado plurinacional” tal como, respondiendo a la inspiración martiana, existe hoy día en Bolivia.

Martí fue cónsul honorario de la Argentina en Nueva York y, por largos años, corresponsal de La Nación de Buenos Aires en Estados Unidos, desde donde envió penetrantes ensayos muchos de los cuales fueron luego recogidos, compilados y publicados bajo el título de Nuestra América. Creo, sin dudarlo, que este notable libro conforma junto con la Carta de Jamaica de Simón Bolívar, yLa Historia me Absolverá, de Fidel, la trilogía fundacional, imprescindible, del pensamiento emancipatorio latinoamericano. Ajeno a sus enseñanzas, una variante del marxismo de estas latitudes se precipitó en la ciénaga de un estéril dogmatismo, incapaz de comprender el crucial problema de la dominación imperialista para, a partir de su adecuada intelección, desarrollar una estrategia política adecuada para combatirlo. No sólo eso: sin el auxilio de Bolívar, Martí y Fidel ese marxismo “doctrinarista y pedante” -como Gramsci calificaba a una distorsión semejante en los años de la primera posguerra en Europa- se degradó hasta convertirse en un tosco determinismo economicista huérfano de cualquier proyecto ético o, más recientemente, en una metafísica de la lucha de clases: sin historia, sin estructuras, sin sujetos, puro reino del discurso, la contingencia y el azar desenvolviéndose en un vacío internacional en donde el colonialismo y el imperialismo brillaban por su ausencia. Producto de esas alucinaciones Fidel, Chávez, Evo, Correa asoman en esos relatos como los villanos que frustran las ansias revolucionarias de las masas y que, con sus vacilaciones y remilgos pequeño burgueses, impiden el ascenso –siempre lineal e ininterrumpido, según esta peculiar visión- de nuestras sociedades desde el infierno del capitalismo hacia los cielos diáfanos del socialismo.

La Conferencia ha sido un éxito notable en la empresa impostergable de recuperar el legado teórico y político de Martí. Una concurrencia multitudinaria, mayoritariamente joven, de los países latinoamericanos y caribeños y numerosos contingentes llegados de África y Asia, amén de los países europeos, Estados Unidos y Canadá, siguió con atención las intervenciones de las distintas mesas redondas y conferencias. Los contactos de intelectuales y artistas, y de representantes de partidos y movimientos sociales se potenciaron; las discusiones de las distintas experiencias nacionales enriquecieron las  perspectivas de análisis y, en consecuencia, las posibilidades de coordinar internacionalmente las luchas emancipatorias en Nuestra América salieron fortalecidas. Hubo excelentes intervenciones de Armando Hart, Frei Betto, “Pepe” Mujica, Ignacio Ramonet, François Houtart, Federico Mayor Zaragoza, Abel Prieto, Katiuska Blanco, Pablo González Casanova, Guillermo Castro Herrera, Fernando Martínez Heredia, Omar González Jiménez, entre otros. La sesión matutina del miércoles, dedicada a la solidaridad internacional, alcanzó el registro más emotivo de toda la conferencia al contar con la presencia de “Los 5” luchadores antiterroristas y sus familiares. Era la primera vez que estos se reunían con quienes en diferentes países habían participado en las campañas que culminaron con su liberación. Fueron cinco discursos breves, concretos y profundos, demostrando que son cuadros dueños de una impresionante formación, y que sus dieciséis años de cruel confinamiento carcelario lejos de mellar su voluntad revolucionaria les sirvieron para afinar las armas de sus críticas. La sesión culminó con los panelistas y el público entonando con fervor las estrofas de “La Internacional”.

Parece innecesario insistir en la asombrosa actualidad del pensamiento martiano.  En una de mis presentaciones citaba algunos pasajes de Nuestra América cuando para desentrañar las raíces de la rapiña de la Roma Americana su autor decía que “los norteamericanos creen en la necesidad, en el derecho bárbaro como único derecho: esto es nuestro porque lo necesitamos.” Necesitamos petróleo y si este se encuentra en Irak o Venezuela allá iremos para apoderarnos de ese vital recurso, por las buenas o por las malas. Toda la doctrina estratégica estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, y sobre todo después del 11 de Septiembre del 2001, se asienta sobre esa premisa, el derecho bárbaro. Martí lo dijo hace más de un siglo.  Y en relación a los cantos de sirena de proyectos tales como el ALCA y sus expresiones actuales: la Alianza del Pacífico o el Tratado Trans Pacífico Martí decía, refiriéndose a la Unión Monetaria Panamericana -una iniciativa predecesora de aquellas, propuesta por Washington en 1888-1889- que “quien dice unión económica, dice unión política… El influjo de un país en el comercio de otro se convierte en influjo político.” El corolario de esta política imperial, de anexar de facto a las naciones de la periferia por la vía del comercio exterior, es la política de combate a los procesos de integración que la Casa Blanca ha sostenido sin solución de continuidad desde el Congreso Anfictiónico -convocado por Simón Bolívar en Panamá en  1826- hasta nuestros días. El ataque estadounidense a la UNASUR y la CELAC movilizando para tales efectos sus lugartenientes regionales es inocultable, para ni hablar del ALBA. Ya Martí advertía sobre esta táctica imperial en las postrimerías del siglo diecinueve al decir que “lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro es separarlo de los demás pueblos.” La tentativa de debilitar a la UNASUR y la CELAC, por lo tanto,  es el capítulo contemporáneo de la política de “divide e impera” que Washington ha venido aplicando desde 1826. La decisión de algunos gobiernos latinoamericanos en el sentido de adherir a la Alianza del Pacífico en desmedro del robustecimiento de la UNASUR o el MERCOSUR ampliado demuestra la eficacia de la estrategia de Washington para reafirmar su hegemonía en el hemisferio dispersando las fuerzas de sus díscolos vecinos del sur. En la coyuntura actual, cuando Estados Unidos lanza una fuerte ofensiva para recuperar su influencia en la región pocas advertencias pueden ser más apropiadas y actuales que las que Martí plasmara en su célebre carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, comenzada a redactar poco antes de su muerte en combate en Dos Ríos el 19 de Mayo de 1895. En ella Martí decía, proféticamente, que “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.” Ayer como hoy las ambiciones de Washington en lo esencial son las mismas: controlar la cuenca del Gran Caribe, incluyendo el Norte de Sudamérica y, luego, culminar la campaña “cayendo con fuerza” sobre el resto de América Latina. El imperio no improvisa, y la continuidad de su política exterior en relación a nuestros países es impresionante.

Sería imposible resumir aquí los momentos más significativos de estos cuatro días de intensas actividades. Me quedo con unas pocas perlas que comparto con mis lectores. González Casanova recordando a Marc Bloch e invitándonos a cultivar la pasión por la esperanza, sin la cual reinan el conformismo y la resignación. Martínez Heredia diciendo que ninguna revolución triunfó o fue derrotada sólo por cuenta de los factores económicos, tal como lo demuestra la sobrevivencia de Cuba en el “período especial”. Fiel al aforismo martiano que reza que “los locos son cuerdos”, Houtart dijo que ante el retorno de la derecha (Macri en Argentina) o la neoliberalización de gobiernos progresistas (Rousseff, en Brasil) la única opción cuerda y razonable es la radicalización de las propuestas transformadoras con vistas a iniciar un tránsito hacia un poscapitalismo, entendiendo por esto, según mi parecer, la desmercantilización de la naturaleza y los servicios sociales básicos como la salud, la educación y la seguridad social. Frei Betto cerró su intervención en la sesión dedicada a Martí y Fidel (en la que tuve el honor de participar) diciéndole a los chicos de la Unión de Jóvenes Comunistas y de la Federación de Estudiantes Universitarios allí presentes: “¡Emborráchense de utopía, organicen la esperanza!” Sin utopía no hay futuro posible sino la eterna reiteración de un presente que es una afrenta a la especie humana y una amenaza mortal a la Madre Tierra.

Los “bienpensantes” de nuestro tiempo desprecian la utopía como un ejercicio inútil, como un pretexto para el escapismo y la incapacidad de hacer, supuesta confesión de una patológica ineptitud para encarar las exigencias de la vida práctica. Pero tal como lo escribiera Eduardo Galeano, “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.” De eso se trata: de caminar, de seguir marchando sin dejarnos arredrar por las dificultades de la época en que nos toca vivir y por la ferocidad de la contraofensiva del imperialismo y la derecha en todo el mundo, y muy especialmente en Latinoamérica y Europa. El “viejo topo” de la lucha de clases parece haber sido tragado por la tierra. Pero sigue allí, cavando incansablemente los túneles que debilitan las estructuras del capitalismo y en el momento menos pensado habrá de reaparecer para relanzar una nueva fase de ascenso de los movimientos populares. La dialéctica de la historia nunca se detiene.
Publicado por Con Nuestra América en 6:08 a. m. 
-- http://connuestraamerica.blogspot.com.ar/2016/02/jose-marti-contra-anexion-y-anexionismo.html

José Martí: Contra anexión y anexionismo

Hay cosas que, aunque sabidas, parece necesario repetir sin cansancio, para restar asideros a quienes prefieren ignorarlas. Los “ciegos y desleales” que José Martí repudió en su tiempo tienen continuadores hoy, y quién sabe hasta cuándo. Las evidencias no sugieren ingenuidad.

Luis Toledo Sande / Bohemia

En 1871 –contaba 18 años– Martí señaló diferencias básicas entre Cuba y los Estados Unidos. En el cuaderno de apuntes numerado 1 en sus Obras completas, y ubicado en los inicios de su primer destierro español (1871-1874), escribió: “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.–Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad”.

Se refiere a diferencias de composición, y añade: “si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?”

Solo por extrema desprevención cabría subvalorar el aserto “ellos vendían mientras nosotros llorábamos”, que recuerda una realidad: los Estados Unidos siguieron vendiendo pertrechos a España y desconocieron el derecho del pueblo cubano a la independencia por la cual se había alzado en armas en 1868.

Contraponiéndola con la estadounidense, Martí plantea: “Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse”, y poco después agrega, con aleccionadora actualidad incluso para empeños revolucionarios de lograr eficiencia económica: las leyes implantadas en ese país le han dado “alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”

Con esa luz crecerá su pensamiento, y combatirá las falacias anexionistas desde dentro de aquella nación, donde vivió cerca de 15 años, durante los cuales caló en su estructura: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David”, escribirá en su carta póstuma a Manuel Mercado.

Hacia una nueva guerra necesaria

Devaluada por la realidad la manca “paz” del Zanjón, y sofocado el empeño de la Guerra Chiquita, Martí inicia los pasos que lo llevarán a encabezar los preparativos de la nueva etapa de lucha armada. Para ello tiene en cuenta el escollo anexionista. El 20 de julio de 1882 escribe a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo sendas cartas en busca del apoyo de ambos.

Al primero le habla de los obstáculos que deben vencerse para desatar la guerra y alcanzar el triunfo, y se detiene en uno: “Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla”.

A tal “clase de hombres”, como la llama, la define de este modo: “Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como esa es la naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de atajarlas”.

Sabe cuán dañinas pueden ser por su influencia antipatriótica, entreguista, y le dice a Gómez: “¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España”.

Para revertir semejante peligro, se plantea la creación de lo que él caracteriza en términos que no se corresponden con un bando político amorfo. Aunque todavía no tuviera en mente una organización delineada hasta el detalle, se piensa en el Partido Revolucionario Cubano, constituido diez años después.

En 1882 prevé: “Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país–¿a quién ha de volverse [Cuba], sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponernos en pie”.

El fermento de la angustia

Se adelanta a señales alarmantes para alguien de su claridad, que se concentrarán a partir de 1889. Ese año sería, en marzo, el de su “Vindicación de Cuba”, y, desde el 2 de octubre, el de la Conferencia Internacional de Washington, que se prolongó, con sesiones espaciadas, hasta el 19 de abril de 1890.

El foro marcó “aquel invierno de angustia” en que Martí enfermó por la gravedad de los sucesos, y por lo ingente de sus desvelos y su empeño para contribuir a conjurarlos. En el verano siguiente el médico le indicó reposo, pero fue un descanso relativo: entonces brotaron sus Versos sencillos –en cuyo pórtico mencionó el invierno angustioso– y él buscó fomentar, entre estadounidenses progresistas, relaciones favorables al respeto merecido por Cuba y su derecho a la independencia.

Con “Vindicación de Cuba” impugnó enérgicamente injurias anticubanas publicadas en diarios estadounidenses. Pronto las refutó en el primero de ellos, y reunió en un folleto titulado Cuba y los Estados Unidos los textos injuriosos y su contestación, traducido todo al español y con una nota introductoria suya, que empieza así:

“Cuando un pueblo cercano a otro puede verse en ocasión, por el extremo de su angustia política o por fatalidad económica, de desear unir su suerte a la nación vecina, debe saber lo que la nación vecina piensa de él, debe preguntarse si es respetado o despreciado por aquellos a quienes pudiera pensar en unirse, debe meditar si le conviene favorecer la idea de la unión, caso de que resulte que su vecino lo desprecia”.

Sabe que hay ilusos a quienes seduce el esplendor material del vecino, y precisa: “No es lícito ocasionar trastornos en la política de un pueblo, que es el arte de su conservación y bienestar, con la hostilidad que proviene del sentimiento alarmado o de la antipatía de raza. Pero es lícito, es un deber, inquirir si la unión de un pueblo relativamente inerme con un vecino fuerte y desdeñoso, es útil para su conservación y bienestar”.

No refuta gacetillas marginales o propaladas por una facción política aislada: “The Manufacturer, de Filadelfia, inspirado y escrito por hombres de la mayor prominencia en el partido republicano, publicó un artículo ‘¿Queremos a Cuba?’ donde se expresa la opinión de los que representan en los Estados Unidos la política de adquisición y de fuerza. The Evening Post, el primero entre los diarios de la tarde en New York, el representante de la política opuesta, de aquella a que habrían de acudir los débiles cuando se les tratara sin justicia, ‘reiteró con énfasis’ las ideas de sus adversarios en el artículo ‘Una opinión proteccionista sobre la anexión de Cuba’”.

Contra el desprecio imperial

Los relevantes diarios dan voz al desprecio de Cuba por parte del pensamiento dominante en los Estados Unidos, contrario a que ella forme parte de la Unión. Se le reserva la condición de territorio dominado y saqueado, no un pedazo posible en la ciudadanía del Norte. Pero, aunque se le diera margen a esta opción, sería inaceptable para los revolucionarios que abrazaban la herencia de 1868 y de la Protesta de Baraguá.

Desbordaría estas cuartillas abundar en la valoración martiana sobre la Conferencia Internacional mencionada, a la que el gobierno estadounidense convocó en su afán de dominar a nuestra América, un paso dirigido a la conquista de la hegemonía mundial. Pero es insoslayable tener en cuenta al menos que ese foro azuzó las ilusiones de quienes veían en la anexión a los Estados Unidos la solución para Cuba, o querían verla.

Martí, veedor en lo hondo, las refuta rotundamente, y denuncia las verdaderas intenciones de los gobernantes de aquella nación, que busca ensayar “en pueblos libres su sistema de colonización”, y reserva un papel todavía más especialmente triste a los países de nuestra América que, por no haber logrado aún la independencia, serían presas más fáciles.

Cartas escritas en aquellos días por Martí, en especial las dirigidas a su compatriota y colaborador Gonzalo de Quesada Aróstegui –secretario de la delegación argentina, la cual brilló por su actitud ante las maquinaciones yanquis del foro–, confirman la angustia con que observa la fatídica reunión, que da pábulo al pensamiento anexionista. Con respecto a Cuba le advierte a Quesada:

“Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra,–para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más soberbia no la hay en los anales de los pueblos libres:–ni maldad más fría”.

Tan macabra es la trama, que él se plantea: “¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!”. Y concluye: “Vigilar, es lo que nos toca; e ir averiguando quién está dispuesto a tener piedad de nosotros”. Pero, lejos de sentarse a esperar por actos piadosos, se afana en reforzar los preparativos para la contienda.

Confirmación de la historia

Las previsiones martianas la avalarán la realidad impuesta por la intervención con que los Estados Unidos frustran la independencia de Cuba y se adueñan de Puerto Rico. En la primera, donde no pueden obviar la beligerancia del ejército mambí, se las arreglan para desmovilizarlo; en la segunda, el camino “pacificador” abonado por el autonomismo facilita el sometimiento colonial que aún hoy perdura.

Razones hallan quienes estiman que, con su desprecio hacia nuestros pueblos, el imperio aceptaría la anexión de Puerto Rico, si acaso, únicamente cuando tuviera la certeza de que su pueblo está dispuesto a tolerar la humillación absoluta. Pero eso no lo ha conseguido el Norte en más de un siglo.

Martí concibe una contienda organizada con la eficacia necesaria para frenar los planes estadounidenses, pero estos hacen abortar en el puerto de Fernandina la sorpresa con que él busca dejar a los imperialistas sin tiempo de intervenir en la guerra. Para ello debe ser “breve y directa como el rayo”, según anuncia en un artículo de 1893 titulado precisamente “‘¡Vengo a darte patria!’ Puerto Rico y Cuba”.

En la carta póstuma a Mercado testimonia su certidumbre de que ya en lo fundamental la guerra no es contra el ejército español, sino contra las maniobras de los Estados Unidos. A ello, no a su pensamiento antimperialista, se refiere cuando dice: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente”.

Al amigo mexicano le habla de la entrevista que en campaña ha tenido con el corresponsal de The New York Herald, Eugene Bryson, quien le ha dado a entender algo que no lo sorprende: “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. La perfidia se consuma en 1898 en el Tratado de París, con la humillación de la derrotada metrópoli.

Tanto le preocupan a Martí las jugarretas anexionistas que el vocablo anexión le salta a la pluma, en el espacio de pocas líneas, para referirse indistintamente a la posible alianza entre la potencia que decae y la emergente, y a la anexión en su más extendido uso político. Sabe necesario “impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los Imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia”.

Contra la complacencia de la sumisión

El corresponsal del Herald le ha mencionado también “la actividad anexionista”; pero él –que la sabe fuera de los verdaderos planes del imperio– la considera “menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le piden sin fe la autonomía de Cuba”.

Tal especie está “contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,–la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,–la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

Con posibilidades de éxito o sin ellas, anexionistas y autonomistas encarnan posiciones antinacionales: coinciden en la voluntad de someterse a los Estados Unidos o a España para seguir enseñoreados sobre el pueblo trabajador. Son soporte de un pensamiento de subordinación que agrada a los imperialistas, porque les allana el camino para dominar a Cuba.

Muerto Martí en 1895, los sucesos que se desencadenan desde 1898 con la intervención estadounidense corroboran la lucidez del guía revolucionario. Cuba libre, película reciente, recrea aquellos hechos, y no parece haber tenido que esforzarse el director para que parezca destinada, más que a leer aquel pasado, a plantear advertencias necesarias hoy.

Tras más de 50 años intentando asfixiar a la Revolución Cubana con agresiones armadas y un férreo bloqueo que perdura, el imperio busca parecer que abre caminos para beneficiar a Cuba. También lo hizo en 1898, cuando procuró pasar como su aliado en pos de la independencia que ella había probado merecer y él le frustró.

Como a finales del siglo XIX, la anexión con que algunos han soñado sigue siendo una fantasmagoría de poca probabilidad de realización: el imperio no la desea, y es incompatible con la resistencia protagonizada por el pueblo cubano. Pero el pensamiento vinculado con dicha opción, el anexionismo, sigue abonando posiciones aliadas del imperio. No es necesario que la anexión se dé para que el anexionismo sea nocivo.

Un pueblo dominado culturalmente por el imperio está en camino de aceptar lo que él se proponga imponerle. Como relata Martí en una de sus crónicas sobre la Conferencia Internacional de 1889-1890, el gobierno de los Estados Unidos les ofreció a los delegados hispanoamericanos un singular paseo en un tren palacio.

Para que la desfachatez de la insolencia quede más al desnudo, el periodista revolucionario cita la prensa del país anfitrión: “Se abre el Herald, y se lee: ‘Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer’”.

Más que un tren, toda una industria

Hace mucho que episodios como el de aquel tren palacio han dado paso a una poderosa maquinaria cultural (o anticultural) que difunde en el planeta las “bondades” del modo de vida estadounidense. Un mínimo inventario de la programación televisual mostraría que hasta en Cuba, firme en su lucha antimperialista, circulan frutos de esa maquinaria, directamente o a partir de la influencia que, como si fuera algo natural e ineludible, ella ejerce en parte de lo producido en el país.

Que haya cubanos y cubanas que ostenten sobre su cuerpo, y en sus vehículos, incluso en algunos de la administración estatal, banderas de los Estados Unidos, y crean que de allí pueden venir las soluciones que Cuba necesita, no admite ingenuidad en el análisis al cual está llamada la nación. No se trata de prohibir o controlar actos que deben ser individuales –no es el caso de automóviles y establecimientos de la administración estatal–, pero sobran motivos para repudiar, como Martí al anexionismo, hechos que ocurren en nuestro entorno en materia de identidad cultural y símbolos de naturaleza política.

También en ese terreno conservan vigencia el ejemplo y la prédica de Martí. No basta estimar que la anexión es inviable y la Revolución invencible, cuando pululan señales de formas de pensar y actuar en las que subyace la costra tenaz del coloniaje condenada por Rubén Martínez Villena, y arropada con símbolos que oficialmente representan a la potencia imperialista.

Deberían, sí, ser símbolos de un pueblo; pero este no vive en el vacío, sino en la nación sede del imperio que –en función de los graves crímenes que comete para mantener la hegemonía con que actúa contra el mundo– pretende seguir manipulando el pensamiento de su propia ciudadanía.

Ese imperio se hizo hegemónico rompiendo el equilibrio mundial que Martí quiso salvar con la independencia de Cuba, de las Antillas, de nuestra América toda, aunque ciegos y desleales prefieran ignorar la historia, la realidad, como si con ello salvaran su conciencia.

Publicado por Con Nuestra América en 6:08 a. m





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